12 may. 2007

La lectura durante la Primera Guerra Mundial


En una guerra en la que participaron cerca de 70 millones de combatientes, el envío de lectura también alcanzó cifras millonarias. El Imperio británico y el Reich alemán movilizaron cerca de doce millones de libros y revistas cada uno. Estados Unidos, diez. La Rusia zarista, alrededor de cuatro. Lejos de estas cifras quedaron Francia, Austria o Italia.

Desde los primeros días del conflicto, la población aprovechó cualquier circunstancia para proporcionar lectura a los soldados. Nadezhda Krúpskaya, la compañera de Lenin, recuerda cómo en la estación de Cracovia grupos de monjas repartían libros de oración entre quienes marchaban al frente. También en los hogares se solía incluir algo de lectura en los paquetes para los soldados.

Aquellas acciones iniciales, surgidas espontáneamente, dieron paso a un entramado de sociedades, asociaciones y comités que canalizó las aportaciones de ciudadanos y entidades. Aquel tejido institucional estuvo compuesto fundamentalmente por organizaciones religiosas, educativas, filantrópicas y profesionales.

Por su parte, los editores nunca habían trabajado tan intensamente para la milicia. La oportunidad de negocio que representaba la demanda de publicaciones sobre la guerra se amplió muy considerablemente para las editoriales que, además abastecieron a los ejércitos. También la contribución del personal bibliotecario fue decisiva en la gestión de los servicios de lectura, especialmente en Estados Unidos. Allí, la American Library Association obtuvo la consideración de agencia oficial de colaboración con el gobierno y lideró el Library War Service, que estableció bibliotecas en más de una treintena de campamentos del país y fue responsable del suministro de lectura a las tropas expedicionarias.

Se establecieron criterios de selección sobre lo que podían o no leer los combatientes. Fue habitual priorizar relatos amenos y obras instructivas y excluir las que suscitasen polémicas políticas o religiosas. Las mayores restricciones, sin suda, se dieron en los campos de prisioneros. En enero de 1915, y por primera vez en su historia, el Comité Internacional de la Cruz Roja incluyó el suministro de lectura como parte de su auxilio a los cautivos.

Se establecieron salas de lectura en hospitales militares, centros de instrucción, navíos de guerra y campos de prisioneros. También en los frentes se organizaron servicios para acercar libros y prensa a los combatientes. Los alemanes crearon pequeñas bibliotecas móviles y dispusieron de una red de librerías para los soldados instaladas en las localidades próximas a las líneas del frente.

La prensa, especialmente la ilustrada, despertaba un enorme interés entre los soldados. Era el único medio que daba cuenta del curso del conflicto. Sin embargo, echaban en falta el reflejo de sus penalidades y sacrificios, y aquel olvido de la prensa convencional condujo a menudo a menospreciarla. En ese contexto surgieron publicaciones exclusivas para los soldados.

Fuente:
Alfonso González Quesada. Leer en Guerra – Historia y Vida nº 559.

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