24 oct. 2007

El Don

Alexander Strauffon

(Del libro de A.S. Cuentos de Humanos)

Ya ni recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vi al viejo. Tan solo ocurrió que un buen día sonó el teléfono y me apresuré a contestar. Era él, que por la voz tampoco debía haber dormido demasiado. Siempre tuve la sospecha durante mis noches de desvelo que justo en ese instante él deambulaba también en su casa sin poder conciliar el sueño. Me saludó como siempre, los dos respetando ese código del obligado y mutuo “¿Cómo estás?”. Hablamos de otros detalles familiares que en realidad no sé si le interesen, y quedamos para comer. 2 de la tarde pareció una hora razonable para los dos.

Colgué el teléfono, y por un momento me quedé sentado en mi solitaria casa con mis propios pensamientos. Respiré hondo y eché la cabeza hacia atrás un momento, contemplando los pocos retratos familiares que traje al mudarme. No había mucho que hacer de todos modos aquel día; los pocos pendientes que tenía los había resuelto el día anterior, y ya en sábado contaba con tiempo libre. A decir verdad, tanto tiempo libre que en ocasiones confieso me asfixiaba. Ahora entendía a qué se referían quienes continuamente venian a mi diciendo que iba a extrañar la escuela al instante de graduarme. No fue sino hasta que termine preparatoria y luego la universidad que me di cuenta que efectivamente tenían razón. No porque uno extrañe a un idiota maestro que dice mentiras para reforzar su punto, o alguno que es tan ignorante que nadie sabe cómo llegó a tomar ese puesto.

Lo que uno extraña es el propósito. El fin que uno persigue, y que a la vez provoca expectativa e ilusión. Hasta que llegas a un punto en la vida donde te das cuenta que lo que queda es solo trabajar. Trabajar en lo que sea y cuando sea, para sobrevivir. Y así tengas el mejor empleo o la peor basura de salario, a fin de cuentas eres un ser efímero, que sobrevive como puede mientras llega su último día de existencia. No hay más allá. No hay una persona amada que alcanzar y con la cual tejes mil fantasías e ilusiones, pues o ya vino y se fue, o ya te estableciste con ella y la verdad dista mucho de tu loca y romántica imaginación. Tampoco persigues ya una mayoría de edad, ni un título, ni te es tan fácil el emocionarte con salidas y eventos como cuando eras más joven. Estaba seguro que eso era lo que le pasaba al viejo. A la edad que tengo ahora, él ya era mi padre. Y los hijos rara vez se detienen a pensar qué sueños, aspiraciones, o proyectos tuvieron sus padres antes. Mismos que fueron directo al olvido cuando debieron dedicarse a cuidar a un recién llegado al mundo. ¿Qué habrá querido hacer en su juventud? ¿Soñaba con el reconocimiento, la fama? Tal vez algún día se lo tendría que preguntar. Lo cierto es que debía alistarme e ir al restaurante donde quedamos de vernos. Así lo hice, y unos treinta minutos después iba en camino.

Al bajar del taxi en el estacionamiento, sentí el impulso de mirar al cielo. A pesar de apenas ser esa hora, era de esas tardes tristes en donde parece estar cerca el anochecer. Un apagado cielo sobre un apagado mundo, en donde me topé con un limosnero tan solo en el camino del estacionamiento a la puerta. Le puse atención por unos momentos mientras arrojaba por la boca una sarta de mentiras sobre sus desgracias, que solo los de corazón o mente débil se creen. De todos modos le di unas monedas y lo vi desaparecer. La hostess abrió la puerta antes que pudiera acercar mi mano siquiera para jalarla, y luego de darme la usual bienvenida, le informé que alguien me esperaba. Una mirada rápida al área de fumadores (pues había especificado que necesitaba estar ahí) y lo vi. De traje gris, nunca sin su corbata perfectamente alineada. Y ya canoso el cabello que le queda, pues hace ya años perdió buena parte de él. Le saludé con un abrazo breve y nos sentamos. Frente a frente, su primer comentario fue acerca de mi costumbre de vestir siempre de negro, y si no me parecía un disparate hacerlo aún en pleno verano. Atiné a dar alguna respuesta ingeniosa, y nos sentamos. Pedimos las bebidas (curiosamente, teníamos en mente el tomar lo mismo) y hojeamos el menú como si en verdad estuviéramos prestando atención a cada platillo.

El restaurante tenía ingeniosas decoraciones de señales de carretera, flyers de conciertos, y fotografías en blanco y negro de épocas y eventos olvidados. Meseros moviéndose de una mesa a otra y hablando a los clientes como amigos, pues la propina es un premio a la habilidad social que éstos tengan. La chica que nos atendió tendría a lo mucho unos 19 años, de cabello castaño largo y una simpática sonrisa. Se quedó a prudente distancia, esperando a que nos decidiéramos a ordenar. Como siempre, salió a flote mi compulsión por las carnes; Desde pequeño hasta ahora, siempre he sido fanático de comer algo que haya tenido vida. De adolescente, solía reírme al pensar que eso era lo más cercano que iba a estar a ser un vampiro. Reí al acordarme de eso, y al decírselo al viejo, también rió por un momento. Luego volvió a su expresión habitual.

- ¿Y el trabajo? – me preguntó con una calma melancólica.
- Bien. Como puede esperarse – le contesté, moviendo mis piernas inquietamente, como buscando acomodarme de mejor forma.
- ¿Tu madre, tu hermano?

Le doy quizá la más prefabricada y repetida de las respuestas que he dicho en mi vida. Que por lo mucho que me fastidia, ni siquiera dire cual es. “¿Cómo te has sentido?” – le pregunto. Me responde favorablemente. Todavía puedo ver energía en sus ojos, la cual normalmente usa para su trabajo. Es un alivio que su jubilación está a la vuelta de la esquina. De pronto lo vi distraerse con uno de los televisores que están montados en las esquinas del lugar. Nuevamente uno de mis comentarios al momento surge, y le hago notar lo absurdo que me parece el que siempre proyecten un partido o evento en las imágenes, cuando lo que tienen puesto es música, y las t.v.’s están enmudecidas. Apenas tuvimos tiempo de hablar de ello, pues la mesera se acercó ya a tomar nuestra orden. Me decidí por un corte acompañado de puré de papa, verduras, y pan de ajo. El viejo prefirió una elaborada y llamativa ensalada con pollo y otras cosas incluídas que me dio pereza leer en la carta.

Otro momento de risa llegó al escucharse el lloriqueo convertido en graznido de hijo de una pareja que se sentó a dos mesas de nosotros. El niño contaría con unos 6 años a lo mucho. Sus pobres excusas de padres maniobraban con otros dos niños mas pequeños en brazos, buscando sentarse. Dediqué unos instantes a observar a la madre; no en una forma morbosa, como hacen los patanes. Más bien en un intento de llegar a su alma, adivinar qué sentía en ese momento de su vida. Debía estar cerca de los 30, aún guapa, pero con la apariencia y expresión de alguien que ya se siente derrotado. Se hizo el cabello para atrás con desesperación, pues le estorbaba en la cara mientras se inclinaba a dejar en buen lugar esa que es la bola de acero con grillete para las madres jóvenes: la pañalera. Ella ya estaba perdida. Podía notarlo de muchas formas. Y al ver al sujeto hablarle de mala manera, casi ladrándole órdenes, deseé a la pobre mujer que al menos tuviera por ahí a algún amante atento y cariñoso que la aliviara un poco de ese tormento familiar.

- Tan joven, y mira nadamás – subrayó el viejo, como anticipándose a lo que yo hubiera dicho.
- De hecho. ¿Sabes? A ésta edad me doy cuenta que rara vez está uno como solía imaginarse en la adolescencia. Siendo un niño jugando a hombre, que cree que a los 24 años ya será gerente en algún sitio, o un brillante médico, o un reconocido profesionista de otra rama. Se cree que todo estará resuelto más adelante.
- A los 60 no es muy distinto, te lo aseguro... – me dijo, casi arrastrando las palabras. Al verlo a los ojos, tenía esa mirada que no solía agradarme en absoluto. Esa que sabía era el preludio para adentrarnos a otro tipo de temas, algo que seguramente no me gustaría. Que se empeñaría en decirme que él es el espejo en el que DEBO verme, y aprender a no cometer los mismos errores. Y es cuando me lleva a reflexiones de qué ha sido, es, y será mi vida. Y es precisamente lo que menos deseo: efectuar un insight mientras espero ya comer.

Lo vi a punto de hablar, pero se detuvo al llegar nuestra mesera con la comida. Cuando nos sirvió, empecé a comer de inmediato, mientras el viejo se tomaba su tiempo incluso contemplando lo que le acababan de servir. Después se quitó los anteojos y comenzó a limpiarlos, confirmándome con esto que venía el sermón. Adopté una postura física defensiva, cruzando las piernas por debajo de la mesa, inclinándome hacia la izquierda y recargando el mentón sobre mi puño, luego de haber puesto sonoramente el codo sobre la mesa a pesar de la mirada reprobatoria del viejo. Casi era retarlo a hablar. Esperaba no se tornara en una discusión, cuando finalmente habló:

- Yo siempre he esperado ver que despegues. Que le des un rumbo a tu vida en que no te vea ya con ésa cara larga cada vez que nos reunimos.
- Ese “cada vez” es menos frecuente, tu lo sabes. – le dije, dando un trago a mi bebida.
- Pues así es, así es... Ya lo deberías de saber.
- Ya lo sé. Solo pienso en si pudo haber sido diferente. Dime – le dije, cambiando un poco la dirección de lo que hablábamos – Tú hablas de verme despegar. ¿A qué te refieres con eso?
- A algo de empeño en que seas alguien, hijo – me dijo con tono severo – Que de una vez por todas te des cuenta de tu potencial. Y si la oportunidad está en otro país, en otro continente, que tomes esa opción. Que crezcas de una vez. Que seas lo que muchos esperamos que llegaras a ser.

Palabras y más palabras. Me dejé llevar por la imaginación mientras asentía a lo que me estaba diciendo, ahora con más energía y pasión en sus palabras, como si fuera aún un padre joven e intentara salvar a su hijo aún adolescente de las drogas, la holgazanería, o algún otro mal social actual. Un pequeño diablillo pareció materializarse en mi hombro, sentado y con un arpa negra en sus manos, recitando unas palabras incomprensibles para mí:

Oh, tan linda mi onírica mujer, tan dulce que has de hablar y tan bella que has de ser
¿Qué cosas han entrado y salido, de entre esas dos columnas que siempre abres al coger? Dime niña, dime niña, que me sueñas y me anhelas como en la primera vez
Pues me quieres e idolatras cual puberta en su idiotez...

Tan simplonas palabras de tan simplón genio diabólico me llevaron a sacudir un poco la cabeza y hacer un gesto de desagrado. El viejo me preguntó si algo de la comida me supo mal. Le dije que se me había ido un trozo demasiado rápido y tosí brevemente. Continuó entonces hablando, y concluyó luego de un minuto sus buenos deseos hacia mí, expresados con la calidez con la que los diría un veterano sargento instructor en el ejército.

- Tenemos que discutir un cierto asunto de una vez – me dijo de pronto.
- ¿Cuál es?
- El que te des cuenta que puedes ser feliz. Ésa debe ser tu meta ya ahora.
- Una meta mucho más complicada que el alcanzar una admisión a una escuela. O un título profesional y una cédula.
- ¡Ahora es cuando te tienes que preguntar para que fue todo eso! – me dijo, en ese tono de voz que me desagrada tanto nuevamente, como hablándole a un niño – Preguntarte qué te deja el esfuerzo del trabajo y lo demás. ¡Que levantes ése animo, chingado! Si tuviera tu edad...
- ¡Ah, no! – le interrumpí – No caigamos en esas frases cliché, tan ilógicas y torpes. Tú dices eso de mi, y a la vez puedo yo decir lo mismo, pensando en un niño de 15 años. Y el de 15 años puede pensar (si es que se detiene un momento en su jovial vida) que a la edad de nosotros es el paraíso de la independencia y plenitud. Y al final estamos todos pensando en algo que no vamos a alcanzar. Esa juventud y plenitud son el Santo Grial. Y no somos el pinche Indiana Jones, padre. De veras que no.

Por fin tuve su atención. Me dejó hablar, y es así como pude explicarle que ya tenía la certeza de que las cosas se habían terminado para mí. Hacía un año y fracción había tenido una ruptura amorosa la cual, junto con otros incidentes, hizo difícil el avance en otros proyectos. Y el viejo estaba ahí siempre, siendo el antídoto y el veneno a la vez; sermoneándome por mis fallas y enseguida dándome aliento y esperando la respuesta de un hombre-máquina. Le dije todo de forma rápida, atropellándose las palabras unas con otras, como en cascada. Cómo ya había perdido la esperanza de realizar el sueño del hombre común: dejar un legado, intentar perpetuarse a través de hijos, de la formación de una familia. Le dije, mientras la gente reía y conversaba de estupideces a nuestro alrededor, que la alegría y yo ya éramos agua y aceite. Y que tenía que adornar en todos lados mi cara de desesperanza con la más falsa y asquerosa de las sonrisas, solo para evitar los cuestionamientos de la gente, que en su mayoría son por el maldito morbo y no por genuina preocupación e interés.

Y entonces nos quedamos un momento viéndonos fijamente. Sin palabras, y sin cambio en nuestra expresión. Como dos títeres colgados en algún lado, dando la cara uno al otro. Ambos sujetando nuestros tenedores con la misma postura, los dos con un bocado en ellos esperando ser llevado a la boca. Juro que podía casi oír el engranaje de la bien nutrida mente del viejo, trabajando para idear algo novedoso que de alguna manera disfrazara su propia certeza de que lo que le decía era la verdad. Él lo sabía; lo atrapé desprevenido ésta vez. Tuvo la suerte de que al momento de estar ya dejando salir su respuesta –tal vez una desatinada- nuestros teléfonos celulares sonaron al mismo tiempo. Una amiga me llamaba para saludarme, y a él, su pareja con quien vivía hacia algunos años luego de su divorcio. Colgamos, y entonces se lanzó a la carga:

- Tú vas a encontrar y a tener a una buena mujer. Debes tener a alguien a tu lado.
- ¿Debo? – repliqué, ahora si dando cuenta de ese atrasado bocado - ¿Por qué debo?
- Porque sé que cuando la tengas, y a tu familia, vas a tener entonces la paz que nunca te he visto tener.

Impresionante. ¿Era posible que el viejo se ablandara y dejara de lado su dureza habitual? Por un instante fingí demencia – O me hice pendejo, como se diría más coloquialmente – contando las burbujas de mi refresco con hielos, frente a mí. La mesa, en el natural color de la madera de la que estaba hecha, atrajo mi atención por igual, contando las líneas en su superficie. No seguían un patrón, eran inconstantes, algunas delgadas y débiles, otras marcadas y fuertes. Impredecibles, como el viejo y un servidor.

- Pon tu fe en tu hijo más joven, papá. Yo estoy terminado.
- ¿Cómo que terminado? ¡No sabes qué estás diciendo! Puedes disfrutar. Estás joven...

Aquí el viejo hizo una pausa al sentir mi mirada, clavada en él, exigiéndole sinceridad. “Pero no tan joven ya” rectificó. Le dije que nos hiciéramos a la idea de que la esperanza de continuar la familia a través de mi era ya algo extinto, que pusiera sus esperanzas en mi hermano para ello. Le dije de cómo día a día esos geniecillos siniestros se me mostraban y me hablaban, tentándome a unirme al bando donde ya no se sufre. Aquí solo movió la cabeza diciendo un mudo No, dejando en claro que le restaba importancia al asunto y no le cabía duda que yo sabría manejarlo. Pedimos la cuenta y salimos del restaurante. Caminamos por un momento en silencio, hacia su auto. Abrió su puerta y me preguntó en donde quería que me dejara. Le di las gracias y preferí quedarme y regresar por mi cuenta, así que nos despedimos. Me quedé ahí de pie viéndolo salir del estacionamiento e incorporándose al tráfico. Estaba nublado, la lluvia anunciaba su inminente llegada en el ambiente, teniendo como teloneros a los rayos que se veían a lo lejos. Otro pequeño monstruo se materializó en mi hombro a decirme más necedades al oído. Lo ignoré.

Pasó ya tiempo desde esa reunión con el viejo. Lugares, personas, y recuerdos se marchitaron al transcurso de los años. No sé que pensaría él ahora. Yo aquí sigo, no en mar de dicha y alegrías, pero con mi dignidad bien puesta.

...

2 comentarios:

  1. Humm, si. Esas reuniones... en mi caso, pareciera que la familia se reune para actualizarse de que es lo que he logrado y lo que no.

    Siempre centrandose en lo negativo y criticando, teniendo oídos sordos a las razones que doy y diciendo que es lo que DEBÍ haber hecho o que hubieran elegido ellos en mí lugar.

    Cómo quisiera poder juntar el valor de decirles "Y qué? yo hago las cosas como a mí se me pegue mi regalada gana!!es mi problema, y si les gusta o no mi proceder, me vale madre" tal vez algun dia lo haga...

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  2. enchiladita potosina24 octubre, 2007 19:47

    Debo decirle Mr. Strauffon que hoy su post me hizo llorar un poco, acabo de terminar mi carrera con excelentes notas y aún no encuentro empleo, el panorama se ve muy negro y no tiene miras a aclararse, y la verdad su post describe exactamente como me siento

    Solo me queda darle las gracias por tan excelente reflexión que me llegó tan profundo

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