20 nov. 2008

En tu Morada Fría

Es poco lo que las palabras en papel pueden hacer, pero permíteme un intento, viejo, porque un hombre agradecido quiero ser. Bien dijeron el último día día sobre ti que fuiste pobre en letras, pero rico en corazón; algo que demostraste al aceptar cuidar a un recién nacido, que entonces era yo. Tu y tu esposa, ancianos ya, aceptaron el trabajo de cuidarnos a muchos, algo que para otros hubiese sido una carga sin alguna satisfacción.

Recuerdo me enseñaste a dar mis primeros pasos, haciéndome ir y venir de un mueble a otro en tu sala, y me cuidaste tanto que con orgullo decías “conmigo nunca se cayó”. Terminada tu lección me alzabas luego en brazos, abrazándome y diciéndome cuanto me querías. Incluso recuerdo tus fuertes manos apretando suavemente mis mejillas al compás de tus palabras cariñosas, y como luego de ponerme en brazos de tu esposa, bajabas las escaleras silbando con alegría esas canciones que tanto se oían en el lugar donde naciste, ese sitio donde desde pequeño te enseñaste a no tenerle miedo al duro trabajo, una cualidad que quisieran muchos tener.

Y recuerdo también que íbamos juntos a la tienda, donde antes que otra cosa preguntabas que es lo que yo quería, y también que al llegar me tenían ya lista una comida que me habria de gustar. No sé si en ese entonces, por mi corta edad o alguna otra razón, no te haya agradecido de la forma en que debí hacerlo, pues era una labor de padre la que hacías con tus muchos nietos sin serlo en realidad, y estando en una edad donde debías ser cuidado preferiste cuidar, y no te quejabas al tener que levantarte temprano a llevar a la escuela a un niño que hijo tuyo no era, pero lo querías como a tal. Estuve seguro cuando mis propios padres apenas y me podían visitar. En brazos tuyos y de tu esposa un infante supo lo que es ser querido y protegido, pues siempre tuvieron la opción de no aceptar semejante responsabilidad, pero eligieron el hacerlo.

Y es que tu no huías de las responsabilidades, viejo. Ni aunque en tu ancianidad tuviste que ir a la tienda a comprar leche y demás cosas que un pequeño podría necesitar. Era el cariño lo que te hacia anteponer sus necesidades sobre cualquier otra cosa que en ese momento quisieras hacer, ¡Y allá ibas! De noche o de día, a satisfacer la necesidad del que ustedes llamaban “su muchacho”.

Tampoco olvido el parque, y las muchas veces que me llevaste a jugar en él, ni la forma en que cantabas mientras trabajabas alegremente, y la alegría que sentía cuando, a pesar de mi corta vista, distinguía a lo lejos el sombrero que rara vez abandonaba tu cabeza. ¡Cómo me veías luego, y con que emoción me cargabas cuando entrabas en la casa! Cuantos no hubieran querido tener eso de niños, si otros abuelos generalmente estaban en cama, o con una amargura tremenda que ni ganas dan de visitarles.

Y ahora el recuerdo se nubla, y me traslada a otro mas reciente: ese viejo alegre de pronto ya no sonreía mas, y un mal día esas piernas que tanto andaban lo dejaron de sostener. Yo te vi, viejo, con los ojos del hombre que ahora soy, y aquel que antes cuidaste ahora a ti te cuido, sosteniéndote en pie con lagrimas contenidas al notar el cuerpo ya frágil y quebradizo del que antes fue un saludable y robusto hombre.

Finalmente el día difícil llego: vino la Oscura Dama y así, sin más, te llevó. Ahora te contemplo así, con la expresión que refleja el eterno descanso y bendita paz, y no me queda mas que decirte “gracias”. Te dejo ir, hombre de muchas décadas. Ya te bajan en tu ataúd que será cubierto de tierra; el que acabo de ayudar a cargar. Ahora me toco a mí cargarte, y a mí tampoco te me caíste. Ya todos depositan flores sobre ti, yo hago lo mismo. Tengo que dejarte aquí; te dejo en tu morada fría, que es la ultima a la que tu cuerpo llegará. Ya en otro sitio se queda el que a muchos nos cuidó. ¡Ve! Reúnete con tu esposa, a quien tanto quisiste. A ese gracias dicho tan solo añado un adiós.

FIN (2003)

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1 comentario:

Ely´s. dijo...

Leì tu post, Alex. Muy lindo y emotivo, me gusto mucho, muchisimo. =)

Te mando saludos !!