23 feb. 2011

Tres Microrelatos

Alexander Strauffon

1) "La caída de alas"

4 años habían pasado, y esa imagen que el hombre contemplaba en su vacía y oscura casa era tan triste como poderosa, una promesa de hacer eco de triste decepción.

Un pájaro. Plumífero testigo de angustias y alegrías, compañero de un individuo solitario sobreviviente de una guerra, cuyo modesto trabajo y particular visión de vida le permitían seguir, mas no seguir en compañía, y entre las paredes de esa casa que debió haber sido para una familia, el cantar alegre de esa ave resonaba, estuviera el amo o no ahí.

Inmóvil.

Ahora no cantaba, no hacía ruido o movimiento. Y el hombre se sumió en dolorosas remembranzas mientras esos ojos del ave le miraban, ya sin ser ojos vivos, y la propia sombra del hombre era la intangible mortaja cubriendo el cuerpo de ese compañero, ese minúsculo animal que era su amigo.

"Todo mundo se va", le dijo su primera mujer al abandonarlo. Y al apartarse unos pasos de la jaula donde el ave yacía en permanente silencio, su mano torpe jaló una silla y se sentó, vacilante. Encendiendo un cigarrillo dejó escapar el denso humo lentamente, como el hálito de dos enamorados paseando en el invierno.

4 años habían pasado desde la llegada de ese amigo emplumado, los mismos 4 años de la partida de ese inolvidable amor. "Pero, ¿quién lleva la cuenta?" - dijo él - "4 es un número tan lejos de lo sagrado. Dicen los hombres santos que es el 3 el número de las Personas de Dios. 7 es el número del Santo Salvador. Y comparando éste 4 que como tatuaje en mi vida se marca con tales santos números, o le sobra, o le falta. Y el que sobra realmente soy yo."

Por supuesto, no hubo quién le oyera al pronunciar tal reflexión. Solo quedaba hacer lo propio e ir a dormir, pues el siguiente era otro día similar que aguardaba, y había que trabajar...


2) "Los Magos"

- ¿Perla? - dijo el hombre entre 30 y 40 años de edad, entrando por la puerta de la tienda de libros - ¿Perla, eres tú?

Hacía un frío considerable en la ciudad. De ese frío que cala más, habiendo pasado las fiestas, que no va ya acompañado de adornos y canciones y mil festividades. "Al final, sólo queda el frío..." - parecía oirse a una voz decir.

Pero no hubo tiempo para que el hombre atendiera a eso que creyó era una voz de alguna parte, pues la mujer a quien habia interpelado se irguió. Tez blanca, cabello oscuro cayendo sobre sus hombros, y de esa complexión tan especial que no es gordura ni delgadez y que tanto incomoda la obsesividad estética de muchas.

- ¿Eres tú? - dijo Perla - ¡Sí, eres tú! - Le abrazó afectuosamente. Algo de agua cayó del cabello de su amigo al hacerlo, pues la lluvia acompañaba el de por sí pesado clima - Te ves muy bien. ¿Cuánto ha pasado ya?
- Mucho - le contestó él - Y es bueno verte.

Y la conversación siguió hasta convertirse en la conocida invitación a tomar una taza de café. Fueron a una de las conocidas cadenas tan hábilmente colocadas en la mente de muchos, y se sentaron a tomar sus bebidas calientos. Los dos magos eludieron el tema, pero bastaba el que uno viera la mirada del otro para darse cuenta de lo que en realidad deseaban preguntar: "¿Qué sucedió con el círculo?, ¿Es cierto lo del portal?, "Son verdaderas las señales que estamos viendo ahora de acuerdo a...?"

Por supuesto, las palabras clamaban por salir. Pero, ¿por qué arruinar la noche? Antes que dos magos, eran dos amigos, y si ese peculiar momento desembocara en una más larga conversación y caminata, o en ambos haciendo el amor intensamente en algún lugar, puede que ahí estuviera toda la magia que un humano pudiera realmente necesitar.


3) "El hombre y su eterna expectativa"

Un sujeto pulcramente vestido, sentado en la banca de un parque, terminaba su cigarro y su café. Educadamente, fue a tirar el vaso a la basura.

Y ella, su acompañante, joven y morena belleza de largo cabello lacio, lo miraba con seriedad. La particular mirada en que una mujer te juzga, evalúa, y calcula calladamente en consecuencia. Pone en una balanza lo que tiene y ha hecho, y lo que podría tener y hacer contigo.

- No viene - dijo él.

Ella respingó. Hizo sus ojos hacia arriba, diciéndole que tenían ya ambos 25 años, 5 de ser novios, y esos mismos 5 acompañándole a su espera al parque.

- Tiene que venir - respondió éste, decidido.

La chica cruzó entonces sus lindas piernas visibles gracias a ese vestido que tan bien le quedaba, el cual el hombre ni siquiera se había tomado la molestia de notar, y obviamente menos aún de elogiar.

Pero ella lo conocía. Así lo apreciaba. No tenía otra respuesta ante el dilema de estar con un hombre que era al mismo tiempo una luz de sol y una estéril e inmutable oscuridad.

- Hoy sí tiene que llegar. Debe de - dijo.

Con algo de impaciencia, ella se levantó y le dijo que se adelantaría. Afortunadamente, la casa donde ambos vivían estaba a unos minutos caminando desde ahí. Al irse, y sin voltear atrás, la joven le dijo en pocas palabras lo incompresible que era su espera para ella.

- Pues ya te lo dije, tiene que llegar - contestó él desde su asiento - En alguna ocasión tiene que llegar la oportunidad de volver al ayer...

...

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