9 mar. 2013

El afán de culpar a otros

A unas calles de donde vivo, una mujer vive con su madre. Dicha mujer tiene 30 y tantos años, veterinaria, soltera, y con una rutina simple e inquebrantable respecto a su vida personal y laboral. Mismas actividades, misma hora para cada una de ellas, sin excepción.

Mientras que su madre es amable, de su hija no se puede decir lo mismo. Como la mamá tiene una tienda de abarrotes, a veces la gente va a tocar a su puerta si es que la tienda está cerrada, cosa que la propia dueña ha autorizado y ha dicho a sus clientes que hagan. La hija les ha gritado cuando han ido a llamar, les ha sermoneado, y hasta ha caminado hacia ellos para encarárseles, con dificultad y dando esos pasos en vaivén tan incómodos debido a su sobrepeso. En resumen: una mujer soltera sin novio que le grita a desconocidos y no vive, existe y sobrevive únicamente.

Desde mi adolescencia conozco a esa familia. Y en una ocasión que pasé por ahí, la escuché hablando con su hermana y su mamá. No es que me quedara espiando, con intención de empaparme del drama, sino que una vez que llegué no dejó de hablar. Como una fuente de palabras, no detuvo su flujo. Siguió hablando de esa forma tan rápida e intensa que emplean aquellos que lanzan acusaciones en su frustración.

Escuché, pues, cómo la poco amable mujer acusó a su hermana de haber tenido las cosas más fáciles porque ella sí es bonita y simpática, a su madre de no haberle vigilado y condicionado con el método que fuera para que así no comiera y engordara, a los vecinos y conocidos por no respetarla o alegrarse al verla tanto como cuando ven a su mamá y hermana, y al final culpó a dos famosos personajes a quienes muchos gustan de responsabilizar de todo: Dios, y el Diablo. Porque su gran desdicha conjunta seguramente se debía a la sádica y decisiva acción de uno de ellos dos.

Escuché. La vi irse. Compré lo que iba a comprar en la tienda de abarrotes. Y mientras pagaba y tomaba el cambio y la mercancía para irme, empecé a recordar. El pasado, de mis extintos grupos, mis antiguos conocidos y colaboradores (algunos extintos también), y la niñez.

I. "Ese niño no es buena influencia", los padres preocupados de los años 90.

CD IN UTERO NIRVANA

CD del álbum "In Utero" de Nirvana, el cual junto con su portada de la figura angelical causó exagerada molestia en algunos padres al verlo en posesión de sus hijos

De los que tuve de amigos en mi infancia, he escrito más de una vez. Los altibajos de la relación de amistad, la decisiva influencia de ellos sobre mí, y viceversa. Y como es lógico, un fuerte elemento presente son los padres. Son quienes dan los permisos, juzgan lo que les parece conveniente o no, y toman decisiones a nombre de sus hijos que afectarán su futura vida como adultos.

Una época peculiar, ese entonces. Y en lo que a los padres y la sociedad se refiere, la constante más observable era el gusto por encontrar chivos expiatorios. Responsabilizarles. Lavarse a sí mismos de cualquier pizca de conciencia que les indicara que eran ellos los del papel decisivo. Así es como empezaron a tirar a la basura los cassettes y CD de Nirvana, diciendo que por culpa de ellos sus hijos estaban descontentos e inconformes. Como si fuera Kurt Cobain el encargado de la educación y cuidado diario de ellos.

Impidieron conciertos, exposiciones artísticas, y alzaron los brazos al cielo indignados ante películas y libros que pusieran a sus hijos a pensar en el otro lado de las cosas que a diario veían. La película "La Última Tentación de Cristo", por nombrar uno de varios ejemplos. Curioso que tal obra fuera repudiada y atacada, y varios años después, otra surgiera para causar aplausos y felicitaciones bajo el nombre de "La Pasión de Cristo", aún con su clara fijación violenta y antisemita.

Entre ese afán de culpar "al otro", quedé inmerso yo también. Los padres de algunos de mis amigos de entonces eran amables. Sabían ser corteses, y mantenerse al margen, a menos que en verdad fuera necesario intervenir. Pero hubo otros que realmente merecían aparecer en un libro de texto... de psicopatología. Desde ese entonces me convertí en el "malo del cuento", a quien al parecer los padres le veían un descomunal poder e influencia de llegar a corromper a sus retoños.

Uno de ellos es alguien que ha aparecido en mis relatos previos. Alguien que al enterarse de la presunta infidelidad de su novia, se le apareció en una reunión familiar empuñando un sable o katana. El mismo individuo es quien armó un escándalo en mi casa cuando vio que sin saber, habíamos comprado la misma loción, diciendo que nos iban a oler y creerían que eramos gay por el hecho de oler igual. Una muestra de ignorancia y homofobia que venía de alguien que desbordaba esos dos defectos: su padre.

El papá ganaba muy buen dinero. Buen puesto, buenas inversiones aparte de su ingreso principal. Pero tras esas comodidades, estaba un hombre que creía que todo mundo quería cogerse a su hija. En cuanto a mí, no se equivocaba, lo admito. Siempre quise, nunca se pudo. A mi amigo no le parecía que tuviera tal intención hacia su hermana dos años menor que nosotros, pero sabía que era el pensamiento general. Pero el papá llegó al extremo de a veces no querer ni que sus propios hermanos la abrazaran o tocaran, algo que abría camino a numerosas sospechas respecto a "Papá Protector".

Una vez, éste tipo y yo estábamos en su casa trabajando en los proyectos finales de la escuela. Entre los dos nos terminamos los refrescos que había. Cuando el papá llegó, haciendo su entrada dramática como el gigante clásico entonando el "Fi Fae Fo Fum", tuvo lugar una escena ridícula y a su vez indignante. Vociferó sobre sus refrescos, sermoneó a más no poder, y pateó la videocassetera VHS de su sala. Todo para que al final acabáramos haciendo lo que se pudo hacer desde un inicio sin tanto drama: ir a la tienda, y comprar suficientes refrescos para que se los bebiera hasta que le explotaran los riñones, si así deseaba.

Luego de sus numerosos alegatos sobre mi "mala influencia", y a que seguramente su hijo y yo éramos amantes, por el hecho de llevarnos bien e ir a fiestas y antros con los demás de nuestro grupo en ese tiempo, el hijo y yo finalmente dejamos de tratarnos. No por eso, sino por nuestros propios conflictos internos. La hija de "Papá Protector" finalmente salió a la luz como una mujer fácil que se acostó con muchos, varios de ellos cholos y pobres diablos. Terminó embarazada más de una vez y ahora vive en la casa paterna. El otro hermano estudió y emigró a Estados Unidos definitivamente. El otro, quien fuera mi amigo, se casó luego de otros incidentes y errores.

Hasta el final, el padre sostuvo que era yo la mala influencia, el mal ejemplo, y seguramente mi deseo era hacerle algo malo a sus hijos. Aún si ese hubiera sido mi deseo, no habría tenido que mover un dedo, él mismo ya había hecho el trabajo sucio de forma espléndida.

II. Los religiosos y yo; "Primero Dios que tus libros"

Arcangel Miguel

Representación del Arcángel Miguel, ejemplo de lo que es el ser poderoso y sin embargo obediente y dócil que no cuestiona; el opuesto del descontento y revolucionario Lucifer

Hay algo que deseo dejar en claro: no es que no crea en la posibilidad de que exista Dios, ni su contraparte. Por el contrario, parte de mí cree que por ahí deben estar esas dos conciencias a quienes han etiquetado con ésos nombres. No, amigos ateos, no me crean inferior ni ingenuo, ya que al más puro estilo pragmático; si ellos están allá en algún sitio, que sigan estando. Yo estoy aquí. No les atribuyo lo que pasa ni creo que estén jugando un papel en mi vida o en la de otros. Sería como creer que uno de los átomos de mi cuerpo quiere que sea novio de fulana o sutana, y otro átomo está deseoso de verme elegir tal o cual oportunidad laboral.

Si existen, que sigan haciéndolo sin necesitar tú de ellos, pues ellos seguramente no necesitan de tí. Y si no existen, menos aún has de preocuparte. Ésto no es algo que haya dicho recientemente. A media adolescencia tenía ya rato diciéndolo, y hubo dos personas a las que no les gustó para nada ésto: los padres de otro amigo: "J".

En este caso sin duda yo era el malo para ellos. Negar las llamadas telefónicas, regañarle si hablaba conmigo (aunque estábamos en el mismo salón y mismos equipos de trabajo en las clases), y otras cosas eran algo habitual. J y su hermano eran a veces molestados por otros en la escuela, igual que me sucedía a mí. Sólo que, mientras que en mi caso era por no ser de dinero en una escuela privada, mi miopía, mi ropa y tendencia solitaria, con ellos era a un extremo mucho mayor: los dos eran nerds y religiosos, hijos de un rígido y agresivo ministro-pastor de iglesia protestante, y una madre enemiga de todo aquello que fuera divertido y alegre.

Fue realmente molesto para ellos cuando se enteraron que un servidor había leído sobre Aleister Crowley, e incluso algo inofensivo (pero a sus ojos, peligrosamente pagano) como lo es la Wicca. A J. le decían que primero Dios, que leer libros (quién sabe cómo esperaba verlo pasar la escuela entonces). Un par de veces, la señora me gritó "hijo del diablo" desde la ventana, cuando iba aún a su casa a buscar a su hijo. Y afirmaban que no faltaba mucho para que iniciara a su hijo en algo.

En efecto, a J lo inicié, no a seguir creencia alguna, sino a hallarle gusto al alcohol y el tabaco. En aquel entonces, un menor de edad proporcionando ambas cosas a otro menor no era nada del otro mundo, como tampoco lo es ahora. No entraré en debate de si está bien o mal, si es aceptable o no.

Pero el deseo de conocer algo más que aquello a lo que le tenían acostumbrado, movió a J. Y aparte de juntarse conmigo y el resto de mi grupo, buscó sus propias experiencias. "Mamá Metiche" no podía quedarse de brazos cruzados, pero su afán de inmiscuirse no le brindó toda la información. Sólo obtuvo el dato de un par de novias que tuve y lo que había sucedido, y de que su propio hijo ya habia ido a buscar a alguna chica. Semejante sensualidad pecaminosa no debía quedarse así, para ella.

Con ganas de causar problemas, apareció en mi casa a contárselo a mi madre, la cual, muy cabal y seria, le contestó que lo que se espera de los jóvenes es que tengan salidas, amistades y noviazgos, y sean necios y rebeldes. Y que se trataba solo de que no atentaran contra su salud y vida. Mi madre, una mujer católica tradicionalista y conservadora, mostró una actitud más madura y tolerante al mandar lejos a esa señora y sus intenciones de causar problemas, o de culparme por los cambios en su hijo que empezaban a ocurrir.

En cuanto al padre, el honorable ministro, hay tanto que decir que más conveniente sería en algún momento escribir un libro sobre él y su sádica y fascista forma de manejar su congregación, los recursos de su hogar, y la vida de sus hijos. Y en efecto, J se fue por su cuenta también. Entre sus faltas posteriores estuvo incluso el cometer fraude. Seguramente para ello hubo también un responsable "de afuera": la música, algún libro que llegó, yo u otro amigo suyo, el diablo, o quien fuera. Y es que después de todo, ahí está siempre "el diablo" para esa gente, "el diablo" es aquél que no quiere aceptar su propia forma de ser, pensar, y actuar, por equivocada y anticuada que ésta sea.

III. Final

¿Que si he dañado a gente con intención? Sí. Lo hice en algún momento. ¿Les usé para algo? También. Y recíprocamente, gente ha llegado a mi vida y me ha dañado física y mentalmente. Y otros tantos me han usado mientras les fui útil, hasta que no lo fui más.

¿Culpo a otros enteramente? No. A cada uno le otorgo su grado justo de influencia y responsabilidad, que es distinto. Por eso estoy lejos de ser como aquellos que gustan de encontrar chivos expiatorios, a ese "otro" que fue quien con su inmensa e innegable fuerza te hizo cometer una mala decisión, perjudicarte, sabotearte.

En algún momento fui de esos, pero por fortuna ya no. Porque no es el cantante, ni el escritor, ni el amigo de fuera quien carga la mayor responsabilidad. Es uno mismo. Y es que si ahora es posible cambiar de apariencia, nacionalidad, fe, y profesión, también podemos cambiar a ser decididamente maduros, cultos, y libres. Y que lo aprendan de nosotros las siguientes generaciones también.

...

8 comentarios:

Eduardo Cabreado dijo...

Y ni hablemos de cómo somos en la actualidad chivos expiatorios de fracasos empresariales, disputas domésticas ajenas y estancamientos de vidas miserables.

Lo que sí es que siempre disfruté de mi mala reputación ya que ésta fue la que me sirvió de filtro de amistades.

Anónimo dijo...

SIEMPRE HAY PAPAS OJETES. PERO PUES SON DE OTRA EPOCA Y SIEMPRE VAN A BATALLAR CON LO QUE SUS HIJOS HACEN AHORA.

El falso Abraxus dijo...

En la escuela primaria había ocasiones en que alguien hacía algo malo como robar una goma, pintar el pizarrón o esconderle la mochila a otro. La maestra enfrentaba al grupo y preguntaba quien fue?

Observaba al grupo intentando leer en el lenguaje corporal o la mirada quien era el culpable, nunca era yo, pero me gustaba fingirme nervioso, esquivar su mirada, hacer algun gesto que me acusara del crimen.

La maestra triunfal me señalaba, me preguntaba si lo hice y porque y yo gozaba defendiendome y dando razones de porque no podia haber sido yo.

Al leer este post me acordé de lo anterior.

Diana. dijo...

Nunca he sido chivo expiatorio de nadie. Creo.


Saludos.

Cassandra Glam dijo...

Pfff, hubiera preferido un post más ligero, sin complicaciones de índole moral o existencial para mi.
Puse particular atención tu redacción relajada y confortable. Me dio paso a... ¿meditar?
Un abrazo.

Anónimo dijo...

EL CHIVO EXPIATORIO

Es una figura que se nos ha incrustado en la lengua y en la conciencia, cuyo origen conocen muy pocos. El diccionario define al chivo como la cría de la cabra desde que no mama hasta que llega a la edad de procrear. Y al chivo expiatorio o chivo emisario, lo define como aquel sobre cuya cabeza cargaba el sacerdote, por la imposición de manos, todas las culpas del pueblo; tras lo cual era expulsado (e-missus) al desierto entre el griterío y las imprecaciones del pueblo contra él.

En el capítulo 16 del Levítico se explica el rito anual de la expiación, con el “chivo expiatorio” como protagonista distintivo de los demás rituales. Aarón… recibirá de la asamblea de los hijos de Israel dos machos cabríos para el sacrificio por el pecado, y un carnero para el holocausto. Aarón ofrecerá su novillo por el pecado, y hará la expiación por sí y por su casa. Tomará después los dos machos cabríos, y presentándolos ante Yavé a la entrada del tabernáculo de la reunión, echará sobre ellos las suertes: una la de Yavé y otra la de Azazel. Aarón hará acercar el macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Yavé, y lo ofrecerá en sacrificio por el pecado. El macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Azazel lo presentará vivo ante Yavé para hacer la expiación y soltarlo después a Azazel. Aarón ofrecerá el novillo del sacrificio por el pecado, haciendo la expiación por sí y por su casa… Degollará el macho cabrío expiatorio del pueblo…

Hecha la expiación del santuario, del tabernáculo de la reunión y del altar, presentará el macho cabrío vivo; pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, confesará sobre él todas las culpas, todas las iniquidades de los hijos de Israel y todas las transgresiones con que han pecado, y las echará sobre la cabeza del macho cabrío y lo mandará al desierto por medio de un hombre designado para ello. El macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada, y el que lo lleve lo dejará en el desierto.

En el rito de la Expiación lo más llamativo es el reparto entre Dios y Azazel, el genio del desierto en quien la exégesis popular vio siempre al Demonio. Son dos los machos cabríos, y se sortean entre Yavé y Azazel. El de Yavé es sacrificado; el de Azazel en cambio, después de haberle sido transferidos por el sumo sacerdote todos los pecados del pueblo, es enviado vivo al desierto, y abandonado allí.
No debe ser ajena a este ritual expiatorio, la asignación de la figura del macho cabrío al diablo. El paganismo grecorromano aportó sus sátiros a esta misma imagen. Lo sustantivo es la institucionalización de la descarga de nuestras culpas sobre alguien, en este caso el macho cabrío-diablo: con la particularidad de que el chivo expiatorio es el tributo que pagan los siervos de Dios al Diablo. Sí, el chivo expiatorio, tanto el real como el metafórico, es una concesión, el justo tributo al Príncipe de las Tinieblas, al responsable de todos los males. Lo menos que podía pasarle al chivo expiatorio, al inocente al que le han echado las culpas, era que le insultasen y le imprecasen mientras era expulsado.

Gin Hindew 110 dijo...

No viene al caso pero en un retiro religioso un amigo (estaba ahi por ayudarle con un trabajo) dijo algo sobre que entre los hebreos los puercos eran rechazados y se les acusaba de ser sucios y eran usados como chivo expiatorio y yo pregunte si entónces el puerco era el chivo... si, no viene al caso pero es una anecdota curiosa

Mi caso mas cercano de expiatorismo es el de mi papá quien acusa a mi mamá de ponernos a mi hermano y a mi en su contra cuando nos alejamos de él porque es muy desagradable, luego está mi abuelo quien le echa la culpa de lo que sale mal a lo que sea que tenga a la mano, una vez le estaba gritando a un palo por meterse en su camino (y si, es el abuelo paterno)

Espaciolandesa dijo...

Mientras leía tu texto pensaba en esas personas que salen en los talk shows justificando su manera de actuar con sufrimientos en la infancia (le pego a mi esposa porque mi papá me pegaba a mí, etc.)

Creo que, lo hagamos de manera consciente o no, nuestros padres terminan siendo nuestros chivos expiatorios.

Lo, digamos, revelador del asunto, es que aunque el sufrimiento esté justificado, uno es responsable de sus actos. Y si sabes que podrías repetir patrones que en el pasado te lastimaron, es tu deber luchar por romper el ciclo.

Lamentablemente la mayoría opta por el camino más fácil, el de hacerse las víctimas.